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lunes, 25 de marzo de 2013

Te echaré de menos.

Hoy he vuelto allí. Por un momento he pensado que estarías esperándome en la misma salida de metro, con el pelo alborotado y resoplando fatiga por llegar tarde antes de darme un beso en cada mejilla. Pero cuando he abierto la puerta que me llevaba a las escaleras mecánicas en las que te miré de arriba a abajo en un descuido, el frío me ha dado puñetazos de realidad en las narices. He sentido nervios. Nervios diferentes a los de aquella tarde de noviembre. Diferentes a lo mejor porque hoy no has estado para calmarlos.
He seguido los mismos pasos escuchando el silencio que tapona mis oídos desde hace días, y he cruzado el puente del que presumía no tener miedo, sintiendo más vértigo que nunca. Y he llegado. Al parque que nos abrió las puertas para conocernos un poquito más. Y he subido. Al mirador en el que toda vista dejaba mucho que desear teniéndote a ti en primer plano. Y me he sentado. Apoyando la espalda en las rejas que me salvaban aquella tarde de un buen chapuzón, y mirando al muro en el que me contaste haber encontrado tu nombre entre risas. Entre miradas medio tímidas, medio atrevidas. Entre masajes mal hechos sobre el jersey morado, entre tenerte entre mis manos.
He cerrado los ojos, y he escuchado el eco del primer beso que te hizo perder una apuesta. Y he escuchado el que te robé yo dándome igual tener que invitarte a cenar. He sentido tus dedos haciéndome cosquillas a través del agujero de mis vaqueros, y a tu pelo jugueteando con mis dedos apoyado en mí.
Parece no haber cambiado nada desde entonces. Sólo el silencio que antes no se escuchaba salvo en los besos. Sólo la lluvia que hoy, como no podía ser de otra manera, llora conmigo. Sólo que no estás.
Y he seguido mi camino, volviendo a ver, con mis ojos como marco, la fotografía que me enseñaste de aquel lugar. De este precioso lugar en el que ahora no me abrazas ni me dices que soy demasiado alta. Entre lagos, entre recuerdos, entre la sonrisa más bonita del mundo.
Y he pasado por las calles llenas de gente que aquel día parecían vacías, sin tu mano a la que agarrarme, sin tus guías y sin tu protección. Y he llegado a ese banco esperando que estuvieses allí sentado, deseando que me dieses todos los sustos que fuesen necesarios si eran mínimamente parecidos al de aquel veinticinco. Esperando que el beso que selló la tarde más corta con un "nos vemos pronto" volviera a repetirse.

Pero no. 
Ya se sabe, que esperar es el peor de los pasos,


y yo ya no debo esperar nada...



miércoles, 20 de marzo de 2013

"Y cuando el garabato ilegible ocupó toda la hoja..."

*Clin...*

No se escucha más en esta bañera. Creo llevar horas aquí metida, pero eso sólo le importa a las arrugas de mis dedos, y parece no molestarles demasiado. *Clin*. Así que seguiré unas cuantas gotas más mirando fijamente al azulejo que parece alejarse también de mí, mientras ellas resbalan por las pestañas convirtiéndose en bloques de hielo que no me dejan parpadear. *Clin*. Y escarcha en las ojeras, y estalactitas cayéndome del pelo.
*Clin*. Y primaveras más frías que el propio invierno.

Y cuando he querido escabullirme del mundo y hundirme en el poco agua que queda sin evaporar, ha caído el cuaderno que me ofreciste. Aquel que me dio las esperanzas que ahora flotan en esta bañera de tinta de un boli bic, y que, como las lágrimas escondidas en rímel que han caído, están desapareciendo por el sumidero...



*Clin* 

sábado, 9 de marzo de 2013

Lluvia.

Viví una de esas sensaciones en las que crees encontrarte en un lugar que ya has pisado antes sin haber estado nunca. Fue extraño. Como soñar con un sitio y después encontrarte en él sabiendo que algo te resulta familiar.
Fue la misma sensación, con la diferencia de haber estado allí durante siete meses hace ya más de un año.
Es raro, insisto. Es raro que siete meses no hayan significado nada en una vida. Es raro lo borroso de esa etapa, mi incapacidad de no conocer realmente a nadie. Como un salto en el tiempo del que reniego inconscientemente de personas, de conocimientos, y de recuerdos concretos.
Y hace pocos días me volví a ver allí. Rodeando el mismo charco que odiaba evitar todas las mañanas grises, y en el que a veces tropezaba por las legañas que me impedían esquivarlo. Y rara, otra vez, la sensación de que estos casi cuatrocientos días no han sido más que un largo sueño en una noche en la que he dormido más de la cuenta, y que realmente fue ayer cuando me sentaba en ese pupitre alto al lado de aquella gente a la que no conocía de nada más que de vista.
Y seguí andando, con la misma prisa con la que iba cuando llegaba tarde a clase por entonces, para que dejaras de esperar mi abrazo. Y una vez sentada a tu lado, mirando a la gente (des)conocida y aquel decorado que me sonaba bastante, te miré en silencio y todo aquello que veía como borroso e insignificante, se enfocó en ti para hacer que me de cuenta de que en verdad debo estar agradecida de haber vivido todo aquello. Porque gracias a eso, te conozco. Gracias a ese lugar, te disfruto.
La persona que hace que me gusten los días de lluvia cuando nunca ha sido así. Porque me hace correr mientras me salpica desde los charcos. Porque su lado infantil, que aumenta con la cantidad de gotas que caen,  hace que aparezca la sonrisa pícara con el hoyuelo tan gracioso en la mejilla izquierda que tan loca me vuelve y que me empeño en rellenar a base de besos.
Quien es lo que yo no puedo. Las cosquillas de mis lágrimas para que sonría. La parte cuerda que necesita esta loca de atar. La calma que consuela taquicardias.
Quien no se imagina en lo que se ha convertido. El protagonista de aquí. El sucedáneo de nada que yo conozca, a nada similar, nada reemplazable.
Quien me ha escuchado decir que es increíble, pero que a lo mejor no sabe lo que significa esa palabra para mí.
Y el día que sea consciente de ello...


  ...entenderá el por qué de todo

lunes, 4 de marzo de 2013

Te quiero soñar.


Con sólo el caminar de mis dedos consigo aprenderte. Y los tuyos, con un leve empujón, derriban los muros de inseguridad que me rodean. Y los que creé como armadura alejándome de ti. Y todos aquellos que no me dejan ser, y que sólo consigo olvidar contigo. Porque te encargas de deshacerte de todo lo que me esconde, incluso de la ropa.
¿Te has dado cuenta de lo poco que te cuesta hacer que sonría? Es de las mejores sensaciones. Ver tu nombre y sonreír, recordar cada pequeño detalle, y sonreír. Y que me sonrías mientras me besas, y me beses mientras te abrazo, y abrazarte para que luego, al llegar a casa, me quede el olor en el pijama de una noche en la que, después de acariciarte hasta quedarte dormido, darte un beso de buenas noches sin que te enterases, y sonreírte como estímulo inevitable mientras soñabas, tuve un sueño:
Me despertaba en una casa rodeada de árboles y me perdí por el bosque durante todo el día. Comí moras, me bañé en un río encontrado por casualidad, disfruté del olor del campo al atardecer, me tumbé por la noche a ver el cielo (luna llena y estrellado) y, más tarde, volví a la casa para acostarme después de haber bebido bastante. Acompañada, claro, por ti.


Lo bueno de las pesadillas es que te acabas despertando. Lo bueno de los sueños es que, si quieres, se hacen realidad, como tú.

lunes, 25 de febrero de 2013

El malo del cuento.

En la vida real hay malos, aunque no se trate de un cuento. A veces, los malos son los días, que hacen del protagonista un ser débil y nada envidiable. De lo más frágil. Días tontos y largos que se convierten en semanas tontas y raras. Como la que acaba de pasar, en la que un paseo sola conmigo misma debajo de la lluvia apetece más que planes pomposos con amigos. Dicen que el truco está en sonreír aunque no salga, pero a veces es realmente difícil.
Soy una persona inestable. Que necesita algo que se empeña en negar. Que a veces quiere cosas que otras veces no imagina que echaría de menos. Hablo de soledad. De la necesidad que he tenido estos días de ella. Hibernar en mi edredón para terminar por echar(te) de menos.
Y dicen que de cada circunstancia has de sacar algo que te haga aprender, y yo aprendí que soy dependiente. Que por mucha soledad que quiera, siempre hay un momento en el que necesito que, estando dormido, me abraces por inercia. Como esa noche en la que noté que algo se accionó.
Que dependo de palabras bien dichas y silencios mal callados.  De un abrazo en especial.
De ti, al fin y al cabo.
                     
 
Y yo creo que tus besos siguen teniendo el mismo sabor a ganas de aquel veinticinco. O, al menos, eso espero.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Bolsillo.

He usado miles de excusas para no buscarte por las noches en mi habitación. Cada noche una nueva. Cada cual menos convincente. Y es que supongo que, una vez que me has abrazado para darme las buenas noches contigo, no hay almohada que haga que no te eche de menos al cerrar los ojos, por mucho que la achuche. Por tu manía de ser inevitable. Por mi manía, que, casualmente, eres tú. 
Y te cuelas en cada hueco libre de cada sueño. En el aire de mi habitación en forma de colonia. En todas las sonrisas que salen de esta boca que sabe mejor ahora que te saborea a ti. 
Y quizás pienses que estoy loca, pero cada noche antes de dormir colocaba tu chaqueta lo más cerca de mí para engañar a la imaginación. Para verte con los ojos cerrados en pijama. Y también sin él. Para verte a través del olor de tus abrazos.

El olor de la misma chaqueta en la que, en su bolsillo interno, están todos los abrazos que te debo.






domingo, 3 de febrero de 2013

El momento.



Aun recuerdo cada 'espero que algún día sea el momento' que repetiste, y que, a medida que pasaba el tiempo, veía menos posible.
No me preguntes por qué. Simplemente creí que se estancaría en un ojalá más carente de la suficiente importancia como para intentarlo.
Pero llegó. Llegaste.
Ofreciéndome todo lo que puedes dar sin decir absolutamente nada. Compartiendo tu tiempo, tus sábanas, tus fotos de pequeño, y hasta tus amistades conmigo, sin pedirme nada más que sonrisas que salen sin ningún esfuerzo.
Miraba callada cómo te divertías con los tuyos. Cómo eras en tu entorno. Y cómo aprovechabas mis mínimos descuidos para aparecer frente a mí y regalarme el más protector de los abrazos.
Y, así, despertaste algo nuevo. Muy lejos de aquella sensación de inferioridad que él me escupía, de mantenerme oculta de algo o alguien, de avergonzarse de mí. Lejísimos.
Me cuidaste, te preocupaste, fui especial durante unas horas, y, lo más importante, contaste conmigo en todo momento.
, el único que ha sabido verme y no hace ni caso a mis complejos. Al único al que le gusto más sin peinar y me recuerda lo orgullosa que me siento de mí por encontrarte.  
El único abrazo que me calma.



Y al despertar miré tu mueca. 

-A ver, ¿y ahora de qué te estás riendo?
-No me río, simplemente sonrío.



sábado, 19 de enero de 2013

Pero.

Son las dieciséis y ocho minutos de un sábado más. Otro de los muchos en los que la manta arropa la pereza y el mundo exterior de detrás de la ventana parece no existir. O, al menos, no molesta.
Otro sábado en el que, arrastrando el pijama que una vez me arrancaste, piso mis pasos marcados en el pasillo que nacen en el sofá y se desvanecen en mi cama.
Y ahí es donde, después de un día entero metida en el edredón, he abierto los ojos, y los tuyos me han mirado desde la foto que me lleva a aquella primera tarde.
Nunca me he considerado una chica intuitiva. No suelo poder decir 'te lo dije', o '¿Lo ves?, acerté'. Más bien soy yo la que tiene que agachar la cabeza y decir 'tenías razón'. Pero en esto sabía lo que pasaría antes de que se convirtiese en una realidad. Mucho antes. Debo reconocer que no es ningún mérito. Somos opuestos, y los opuestos buscan cosas opuestas.
Es cierto que nunca he pensado que esta situación -un poco diferente- pudiera llegar a ser. Por muchos motivos en los que no quiero entrar ahora. Pero terminaste por ser igual de especial que los momentos que me has regalado.
Simplemente, era uno de los muchos 'me gustaría' que se suelen pensar sin decirlo muy alto. Y en una de esas noches en las que te da por imaginar cómo sería, saqué como conclusión que la palabra era 'difícil'. No imposible, pero sí difícil, en muchos aspectos.
Empezaste diciendo que querías que me lo pasara bien con todo esto, y empecé haciéndolo. Empecé por disfrutar de ti, de cada broma y de cada momento contigo, y me asusté de que no hubiese pero's.
Pero los hay. Ahora los hay. Uno de ellos me dice que lo de pasármelo bien es una de cada tres veces que lo paso mal. Otro me pregunta si voy a ser capaz de aguantar, y yo no sé qué contestarle. Otro me ofrece una armadura para protegerme del no-equilibrio.

Y después vuelvo a mirar(te) la foto, y veo escrito el pero que borra todos los anteriores.

'Pero con una sonrisa me convences de que merece la pena.'

lunes, 7 de enero de 2013

La mejor despedida del 2012.

De esas veces en las que te vas a la cama con LA SENSACIÓN.
Ese día había sido especialmente bonito. No hablo de romanticismo. Nada de palabras bien dichas con corazones decorando alrededor. Sabes de sobra que a esas soy alérgica, porque realmente no saben hablar. 
Hablo de cada momento sencillo contigo. Sin más que un parque vacío, y tu mano agarrando la mía mientras todos los demás preparaban nerviosos la cena de fin de año. 
Me diste mucho en apenas unas horas, a parte de besos, abrazos, y risas. Muchas risas. 
Desde aquella tarde he aprendido la diferencia entre querer a alguien, y querer a alguien por hacer que, antes de nada, me quiera a mí misma. Y tú, primero, me has enseñado esto último; repitiéndome una y otra vez que debo valorarme. 
"Es muy tonto pensar que no eres lo suficientemente buena para alguien" , me dijiste hace tiempo. Y yo hoy te digo que haría absolutas locuras por ti, pero sabes que tampoco hace falta que las haga.

No soy la mejor en esto de explicar sensaciones, y tampoco pretendo que lo entiendas. Sólo déjame decirte que, sin más, desde aquella tarde, eres la causa. 

 ¿Para qué más? Prefiero mejor, y eso es imposible





.

viernes, 4 de enero de 2013

Para J.

Eran dos locos en busca de emociones. Habían metido en la maleta cuatro prendas de ropa, una cámara de fotos y muchas ganas de estar dispuestos.
Irlanda. Ella aún no se lo creía del todo. Viajaría a Irlanda con él y pararían los relojes durante cuatro días que marcarían dos vidas, además de un calendario colgado en la pared.


Moher, 19:06.

El día había sido caluroso. Es cierto que cuando piensas en Irlanda, lo primero que imaginas es mucha lluvia sobre paisajes verdes y un clima más bien frío. Pero aquel día fue el sol quien decidió poner la guinda a lo que parecía ser un día digno de recordar. Para ambos.
El atardecer allí era muy parecido, pero distaba mucho del de aquella azotea del centro de Madrid. No sólo el ambiente lo hacía especial. Había algo más que presumía de ser inexplicable y que sólo lograría entender quien pudiese verlo. Vivirlo.
Llevaban mucho tiempo sentados en el césped de aquellos acantilados. Suponían que horas y horas marcadas en las diferentes tonalidades del cielo de verano. Ella cerró los ojos, y dejó caer su espalda sobre el césped húmedo. Ya había visto suficiente, y ofreció al sentido del oído su turno de disfrutar de lo hermoso que era todo aquello. Olas enfurecidas resaltaban sobre cualquier otro ruido entre el silencio del lugar, que poco a poco bajaban el ritmo y la intensidad y regalaban calma. Como ella.
Jugaba a acariciar con la lengua la sal que se había adosado a sus labios, y que provocaba escozor en las pequeñas heridas que él había hecho al morderlos en un intento fallido de contener las ganas de comérsela.

Al abrir los ojos de nuevo, el cielo se había vestido de noche. Echaba de menos escuchar algo de él, y le miró para ver si aquello no era más que un sueño. Seguía en la misma posición: piernas estiradas sobre la alfombra verde, brazos rectos y palmas de las manos apoyadas tras su espalda para soportar su peso. Las luces de la moto, aparcada a escasos metros de ellos, permitieron que la sombra que se reflejaba en el suelo le delatara cada vez que giraba la cabeza para mirarla creyendo que no se daría cuenta. Pero ella no dijo nada. Sólo agarró de su capucha y tiró hacia el suelo para que él también se tumbase y así utilizar su pecho como almohada.

 -¿En qué piensas?- Dijo ella, sin apartar la vista del cielo.
-En que lo mejor de este viaje, fue pedirte que me acompañases.

jueves, 3 de enero de 2013

Opuestos.

Sería muy egoísta por mi parte pretender que me entiendas, y tú, además de no hacerlo, ni si quiera has querido intentarlo. Eso es lo que me gusta. Que no buscas explicaciones de por qué soy así. Simplemente agarras mi mano, y me vas descubriendo.
Debo admitirlo. Nunca pensé que sería capaz de seguirte. Somos tan diferentes que incluso los detalles más pequeños me parecían locuras enormes. Pero, una vez más, me enseñas. Me enseñas a pensar. A vivir de las oportunidades y matar las preocupaciones, y no al contrario. Lejos del dicho aquel de los polos, y su empeño por repelerse cuanto más parecido eres. Mucho más lejos. Mucho más que opuestos. Y, como consecuencia, mucho más lejos de entenderte.
Cuando me conociste era una persona desconfiada, llena de inseguridades, que pretendía tenerlo todo bajo un control que, más bien, me controlaba a mí. Pensaba que si algo no tenía futuro, era mejor dejar de perder el tiempo en ello.
¿Y ahora? Puedo demostrar que si exprimes cada minuto la vida pesa mucho menos. Que el pasado es más lastre de lo que aparenta, y el por venir... ya vendrá. 
Me dejaré llevar en cada momento por la frase "ME APETECE".
Y me apetece dejarme llevar contigo.


"Si continuamente piensas que algún día me puedo ir, no disfrutarás de mí ahora, y probablemente no lo hagas después."

Y la verdad es que, entre tus abrazos, el tiempo deja de ser una excusa para convertirse en un bonito "ahora".

sábado, 29 de diciembre de 2012

Temores.


Corría en sentido incierto, intentando huir de la sombra que me perseguía y que estaba fuertemente cosida a mis pies. ¿De verdad pretendía huir de mí misma? El viento me abofeteaba y tiraba de mi pelo para que parara de una vez, pero mis piernas, empeñadas en dirigirse a aquel lugar en el que poder descansar sin temores gritando en mi cabeza, no parecían rendirse. Estar sola era demasiada compañía. Conllevaba a hablar conmigo. Quisiera o no. Y eso significaba salir perdiendo. 
Corrí hasta encontrar el ruido, y me perdí entre escaparates de una pieza en los que me veía rota, y entre caras desconocidas que chocaban contra mí, persiguiendo a la prisa en sentido contrario al que yo intentaba dirigirme. Las luces de la ciudad se mezclaban y no me dejaban ver más allá del miedo. Y la ansiedad aumentaba, y mi aliento quería gritar, pero se conformó con convertirse en un leve suspiro envasado al vacío que nadie logró oír.
Y paré. Cerré los ojos, y me dejé llevar por cada empujón creyendo que así encontraría una salida.
Entoncés ocurrió. Una mano me agarró y me obligó a girar entre la gente.
Eras tú,


rescatándome.


domingo, 23 de diciembre de 2012

Culpable

Empezaré diciendo que eres más importante de lo que tú y yo pensábamos que llegarías a ser. No me he dado cuenta hasta que hoy he entrado en mi habitación y tu olor flotando en ella me ha arrancado una sonrisa.
No te voy a culpar de que esta noche hayas vuelto a meterte en mis sueños, porque quizás sea yo la que se ha colado en el laberinto de tu ombligo, y no sé cómo se sale. De lo que sí eres responsable es de que hoy me sienta extrañamente bien al recordar tu espalda en mis uñas. 
Y en las marcas de mi cuello se distingue perfectamente tu inicial, escrita mordisco a mordisco en la habitación en la que sólo creí querer acostarme contigo, y donde acabé prefiriendo verte dormir.


"El mejor desayuno."




jueves, 20 de diciembre de 2012

Empecé

por no saber la diferencia entre las veces que me decía la verdad, y las veces que bromeaba cerrando con un "hablo en serio". Siempre creí que sus atrevimientos eran simples tomaduras de pelo, y que su forma de demostrar cuánto me conocía era mera casualidad. No había pasado tanto desde esa mañana en la que dos desconocidos tropezaron en las escaleras mecánicas del metro, y dos besos tímidos les dejaron presentarse. ¿Cómo es posible que, desde esos dos besos en esas escaleras, y los incontables que nos damos ahora en las demás, haya podido saber tanto de mí sin saber nada? Incluso más de lo que yo misma sé.

¿Sabes de esas veces en la que crees saber a ciencia cierta que algo es exageradamente improbable? En las que, cuando lo imaginas, agitas la cabeza para sacudir los pensamientos y te juras a ti misma que dejarás de soñar tonterias.
Me sentía así. Sin entender por qué me alegré tanto cada vez que se acordó de mí en forma de mensajes. Y sí, debo darle la razón; se preocupó dándole igual los meses que pasaron y las conversaciones que yo nunca empecé.









Y mírame ahora.
Convertida en jotadependiente.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Déjame conocerte más.



Dice que no piensa y presume de lo cómodo que es dejarse llevar por impulsos, pero sabe que las cosas dan demasiadas vueltas alrededor de su cabeza. Utiliza una lata de cerveza en la que hundir sus problemas para que no le hagan bola en la garganta, y, entre cigarrillos sabor menta y chicles de melón, grita a las injusticias dejando de lado su lema "me la pela". Se aísla bajo las sábanas y se abraza a los cascos que gritan canciones escritas para él cuando necesita olvidarse del mundo por un rato. Cuando más ansía libertad y crear sus propias cuatro paredes, sin tener que dar explicaciones ni a sí mismo. Y escupe fuertes ideales con la misma rabia que utiliza para esconder su lado más débil. Prefiere el frío. Aún no sé por qué. A lo mejor porque cuando hace frío, los abrazos le arropan más en los días que cree sentir indiferencia ante todo. Un lunar en la mejilla izquierda. Dientes perfectamente colocados que sabe a quién mostrar en forma de sonrisa, y a quién en forma de mordisco. Sincero aunque duela. Sus bromas. Su empeño en demostrar el cariño en proporción a cuántas veces al día consigue hacerte de rabiar. Tiene ideas claras y objetivos fijos, que le hacen rozar la cabezonería como método para conseguir ganar la batalla los días que piensa que no es capaz de conseguir algo. Se come las uñas por no comerse el mundo. Observador y original. A prueba de nervios y con un poder tranquilizador que no había visto antes en nadie. A quien ofrezco mi confianza, hasta el punto de hacerle un hueco en mi pequeña burbuja. 
Tan raro. 
Tan él.



¿Tus defectos? Lo que más me gusta de ti.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Ven.

Apoyando la espalda en la pared y con la mirada fija en el espejo que me desafiaba, me deslicé despacio hasta lograr sentarme en el suelo que me ha dado soporte durante años. Quieta, mirando a través de mi ventana, pude ver cómo tu imagen subió seis pisos sin ahogarse y entró en mi habitación sin pedirme ningún tipo de permiso. Se sentó a mi lado para acariciarme el pelo, y posó sus yemas sobre mis párpados para cerrarlos con delicadeza. Me dormí sobre tu nombre, que se quedó grabado en mi piel como las marcas que la almohada deja en mi mejilla en las noches en las que la abrazo más fuerte. Y soñé contigo. Me decías que te quedabas, que no tenías miedo. 
Entonces la luz dibujó en el vaho de la ventana la letra J, y se coló en mi habitación a través de ella hasta hacerme despertar con caricias en mis pestañas, dibujando una sonrisa inevitable, como la lágrima que resbala por el simple hecho de estar tumbada.

Ven, aquí hay hueco para ti.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Siete.




Colocaste el cartel de CERRADO en la puerta para que el tiempo no nos molestase y te clavaste frente a mí sin decir nada. Sólo me sonreías, desabrochando con la mirada cada botón de mi camisa y comiéndome a besos sin tocarme.
El edredón esperaba a que cayéramos y le arropáramos entre los dos en una tarde-noche de diciembre.
Yo quieta. Tú jugando a descubrir rincones ocultos, encontrando en cada uno más ganas escondidas de ti. Y desafiabas a mis miedos mordiéndoles en mi cuello hasta que desapareciesen, regalándome la confianza que nunca había logrado tener. Me quitaste la vergüenza y los pantalones, y te soldaste a mí con besos sin quejarte de los arañazos de tu espalda.
Y aún hoy siento tus piernas enredándose para que no me escape de la misma cama en la que me aprendí cada lunar de tu cara mientras dormías. Donde te desayuné con la mirada. Donde hicimos que la almohada riera a carcajadas al vernos hacer guerras sin más armas que las cosquillas.
Y hoy, te propongo un juego.
De lunar a lunar, y te beso porque me toca.
Me encanta saborearte.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Querido J.




Dicen que el pasado es un tachón en un folio escrito. Yo intentaba seguir escribiendo sobre su nombre borrado una y mil veces, camuflado entre garabatos de diferentes colores, que, en lugar de llevarme a pasar la página del cuaderno, llamaban aún más mi atención a medida que el borrón se hacía más grande. Mi empeño por hacerlo desaparecer de mil maneras distintas hacía que mi felicidad se colocara en el último puesto de prioridades, y tuviste que recordarme que sólo merece la pena si hace que la sonrisa no se borre de mi cara. Como lo consigues. Como hacía tanto que no me sentía.
Entonces, cuando el garabato ilegible ocupó toda la hoja, apareciste tú ofreciéndome un cuaderno nuevo.



Rompo el folio, abro el cuaderno, y procedo a empezar.
"Querido J, dos puntos..."

martes, 11 de septiembre de 2012

Luz en la oscuridad.

 Ya no podía acordarme de la última vez que mis nervios por ver a alguien conseguían hacerme temblar. Se acostumbraron a él. Se centraron exclusivamente en verle a él. Pero después de todo un año de palabras y sentimientos estancados en barro, puedo mirar de frente sin que una lágrima me tape la visión emborronándolo todo. Parpadeé lo suficiente para que no quedaran restos, y así, sin darme cuenta, tú has aparecido después de doce meses escondido tras una amistad que, a su vez, escondía tus ganas.
Y me llevaste a aquel lugar pasando por las mismas calles, logrando que en lo último que se me ocurriera pensar fuera en él. Y me veía, aniñada, en tus ojos brillantes por el reflejo de las luces de la noche madrileña. Y con la misma luz con la que me mirabas, me regalaste sonrisas tímidas y me hacías pensar que la oscuridad que me había perseguido por su culpa, se había convertido en la claridad que me has ido ofreciendo todos estos muchos días. 


Gracias por hacer que lo haya conseguido.